La imagen pública también educa
Rosalía Zeferino Salgado*
La imagen pública del cuerpo docente constituye una herramienta pedagógica que influye desde el primer día de clases en la percepción, la motivación y el aprendizaje del estudiantado. La imagen pública integra más que la apariencia física, la imagen interna (autoestima, valores y equilibrio emocional), la comunicación verbal y no verbal, la voz, el manejo del espacio y la coherencia entre lo que cada docente dice y hace. A través de la experiencia de la maestra Elena, es posible observar que estos elementos generan confianza, fortalecen el vínculo educativo y convierten a cada docente en un modelo de referencia para sus estudiantes.
El primer día de clases, las y los estudiantes realizan una lectura inmediata de su entorno y de la o las personas que los acompañarán durante el ciclo escolar. Según Goffman, esto se debe a que toda interacción social implica una representación en la que las personas transmiten información mediante su apariencia, conducta y manejo del espacio. En el contexto escolar, esta representación tiene un impacto formativo.
Así lo comprendió la maestra Elena, quien después de más de veinte años seguía recordando a su maestra Luz, sus clases que eran memorables no solo por lo que enseñaba, sino por la coherencia entre sus palabras, su actitud y su trato hacia los demás. Esa imagen pública, ella sabía la tenían quienes fueron sus estudiantes.
Imagen Pública que se define como el conjunto de percepciones que los demás elaboran de una persona a partir de los estímulos verbales y no verbales, que emitimos (consciente o inconscientemente) y que nos definen ante los demás.
Con esta idea presente, la maestra Elena, al iniciar el ciclo escolar, decidió observar cómo la miraban y cómo reaccionaron las y los estudiantes al entrar a su salón de clases. Algunos sonrieron; otros guardaron silencio y se acomodaron rápidamente. Aún no iniciaba la clase, pero ya había comunicado algo y provocado ciertas reacciones del estudiantado. Su postura, la manera de caminar, el tono del saludo, el orden en el salón, la expresión del rostro y su actitud enviaban mensajes claros.
Entonces se percató de una verdad que suele pasar desapercibida en la formación y práctica docente: la imagen pública también educa.
Cada docente proyecta una imagen que influye en la percepción, la motivación y la disposición emocional del alumnado. La imagen profesional no es superficialidad; es una forma de comunicación pedagógica que puede fortalecer o debilitar el vínculo educativo.
Al terminar el primer día, Elena se evaluó: Cumplió con la planeación, las y los estudiantes habían sido participativos y mostraban entusiasmo, les había logrado transmitir no solo conocimientos sino también su pasión por ser maestra. Les ofreció una dimensión más profunda y que con frecuencia olvidamos de la imagen pública: la imagen interna.
Esto es la percepción que una persona tiene de sí misma y que abarca la autoestima, el autoconcepto, el equilibrio emocional, los valores y las motivaciones. Pues la imagen externa sólo puede sostenerse de manera auténtica cuando existe coherencia con la percepción interna.
En educación, esta dimensión es fundamental porque el estudiantado percibe el estado emocional de las y los docentes. Un maestro o una maestra sin motivación o que muestra inseguridad difícilmente proyectará entusiasmo genuino por el aprendizaje, porque la imagen interna educa silenciosamente.
Cuando un o una docente muestra confianza, autocontrol, apertura al aprendizaje y equilibrio emocional, transmite un modelo de desarrollo humano integral. Esta idea coincide con la de Freire, quien afirmaba que enseñar exige coherencia entre pensamiento, emoción y acción. La autenticidad pedagógica nace del interior y se proyecta hacia el exterior.
Con el paso de los días, Elena observó que, cuando acudía con una presentación más “cuidada”, sus estudiantes mostraban mayor disposición para trabajar. No se trataba de usar ropa costosa o de moda, sino de proyectar respeto por el estudiantado y por el espacio educativo.
La apariencia comunica expectativas. Cada docente que cuida su presentación transmite que lo que hace merece atención y compromiso. Esto se relaciona con la teoría del aprendizaje social de Bandura, según la cual el alumnado aprende observando modelos significativos. Las y los maestros no solo enseñan contenidos; también modelan hábitos, actitudes y formas de relacionarse con el mundo.
La imagen física, por tanto, no es un elemento accesorio. Es una manifestación visible del compromiso profesional y del respeto hacia una profesión y hacia el estudiantado.
Una mañana, Diego, un alumno, se le acercó mientras revisaba los exámenes. Sin darse cuenta, al voltear frunció el ceño. El niño interpretó aquella expresión como molestia y decidió retirarse sin decir nada.
La situación hizo evidente la importancia de la comunicación no verbal. Los gestos, la postura, la mirada y el tono de voz influyen significativamente en la interpretación de los mensajes emocionales.
En el aula, elementos como: el contacto visual, la sonrisa, la postura corporal abierta, la distancia interpersonal adecuada y un tono de voz equilibrado, claro y moderado pueden favorecer la participación y disminuir la ansiedad académica. El cuerpo comunica incluso lo que las palabras callan, por eso la comunicación no verbal es un componente esencial de la imagen docente.
Después de lo ocurrido con Diego, la maestra Elena comenzó a revisar no solo lo que hacía, sino cómo lo hacía, y decidió grabar fragmentos de sus clases y descubrió que, por momentos hablaba demasiado rápido y que al cambiar el ritmo, la entonación y al hacer pausas, las y los estudiantes prestaban más atención, comprendían mejor las instrucciones y participaban con mayor frecuencia.
También observó que la voz forma parte de la identidad educativa. El ritmo, el tono y las pausas reflejan seguridad, empatía y dominio emocional. Day (2018) sostiene que la enseñanza eficaz depende en gran medida de la capacidad del profesorado para establecer conexiones emocionales auténticas con el estudiantado , y que la voz es, al mismo tiempo, uno de los principales vehículos de esa conexión y un importante recurso didáctico.
Con el paso de las semanas transformó su salón: acomodó las sillas para que todos pudieran verse, exhibió los trabajos que las y los estudiantes llevan a cabo y creó un rincón de lectura acogedor.
Elena también notó que la actitud de las alumnas y los alumnos era más positiva y participativa. Comprendió que la imagen ambiental del aula es una extensión de la imagen del docente. Un espacio limpio, organizado y visualmente estimulante comunica que el aprendizaje es valioso y que el trabajo estudiantil merece reconocimiento.
El entorno educativo es un mensaje permanente sobre lo que la escuela y el profesorado consideran importante. El cambio más importante de Elena se dio cuando las y los estudiantes se dieron cuenta de que su maestra era coherente entre lo que decía y lo que hacía. La imagen pública pierde fuerza cuando existe contradicción entre discurso y comportamiento. Freire afirmaba que enseñar exige la corporificación de las palabras en el ejemplo. La autoridad pedagógica no se impone; se construye mediante la congruencia ética cotidiana.
La coherencia es el elemento invisible que sostiene todos los demás componentes de la imagen pública. Sin ella, la apariencia, la voz o el entorno pierden autenticidad. Al finalizar el ciclo escolar, Diego le entregó una carta en donde le decía: “Gracias por enseñarnos, escucharnos con los ojos, con la sonrisa y por la forma en que nos trató”.
La imagen pública de cada docente, entendida como la integración de imagen interna, física, verbal, no verbal (gestos, movimientos, postura, voz) y ambiental, constituyen un recurso pedagógico de alto impacto. No sustituye la preparación académica, pero la potencia al generar confianza, credibilidad y motivación.
La expresión “la imagen pública también educa” resume que, cuando estos elementos se articulan de manera auténtica y coherente, el profesorado no solo comparte conocimientos, sino que inspira, motiva y deja huellas formativas duraderas. Porque, al final, las alumnas y los alumnos probablemente olviden algunas explicaciones, pero difícilmente olvidarán cómo los hizo sentir la persona que les enseñó.
Redes sociales
Referencias
Bandura, A. (1986). Social foundations of thought and action: A social cognitive theory. Prentice-Hall.
Day, C. (2018). Professional identity matters: Agency, emotions, and resilience. En P. A. Schutz, J. Hong y D. C. Francis (Eds.), Research on teacher identity (pp. 61–70). Springer. https://doi.org/10.1007/978-3-319-93836-3_6
Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. Siglo XXI Editores.
Goffman, E. (1959). The presentation of self in everyday life. Doubleday.
Gordoa, V. (2007). El poder de la imagen pública. Random House Mondadori.
Mehrabian, A. (1972). Nonverbal communication. Aldine-Atherton.
*Rosalía Zeferino Salgado
Integrante de MUxED. Es licenciada en Comunicación y Periodismo, maestra en Ingeniería en Imagen Pública y doctora en Educación. Es columnista del periódico ContraRéplica, cuenta con una amplia experiencia en comunicación social, política, educación, sindicalismo, desarrollo humano y perspectiva de género. Ha sido docente, conferencista, asesora en imagen política y Secretaría Técnica en el Congreso del Estado de México, destacando por su compromiso con la educación y los derechos humanos principalmente de las mujeres y de las niñas, niños y adolescentes.