Las experiencias adversas en la infancia: una barrera invisible
Angélica Janeth Cortez Soto*
Las experiencias adversas en la infancia dejan huellas en el cerebro en desarrollo que se traducen en conductas que vemos todos los días en el aula: problemas para socializar, dificultad para retener, reacciones de conducta desproporcionadas, falta de organización, y tareas que nunca se automatizan, entre otras. Muchas veces las interpretamos como pereza, rebeldía o mala actitud. No lo son. Y entender la diferencia puede cambiar la vida de un estudiante.
Hace un mes se publicó un libro sobre las experiencias adversas en la infancia, Greater Than Gravity, que rápidamente se convirtió en el más vendido de Amazon en su categoría. ¿Por qué despertó tanto interés? Porque visibiliza una realidad que muchas personas pasamos por alto. Según el autor, los traumas infantiles son responsables de 1,401 muertes diarias en Estados Unidos: más que el tabaco, los accidentes o los derrames cerebrales[1].
Como docente de inglés en primaria, fui testigo de afectaciones en niñas y niños que no parecían tener una explicación clara. Una parte tenía diagnóstico; otra no lo tenía, aunque en ocasiones yo misma cuestionaba si era el correcto. Lo que compartían era un comportamiento distinto al de sus pares: dificultades para socializar, para retener y comprender información, enfrentamientos con la autoridad y, en los casos más graves, agresiones hacia compañeros y compañeras o personal docente, entre muchas otras conductas.
Sin embargo, este tema sigue siendo prácticamente desconocido en muchas ciudades. El profesorado ha manifestado en repetidas ocasiones su falta de formación al respecto. Lo han hecho también en congresos de psiquiatría, donde incluso algunos especialistas reconocen desconocer el fenómeno; y en congresos de investigación, donde la magnitud del problema suele provocar asombro entre quienes lo escuchan por primera vez.
Para comprender por qué muchas de estas conductas escapan a la mirada del aula, conviene empezar por el concepto que las agrupa. El término experiencias adversas en la infancia (ACEs, por sus siglas en inglés) fue reconocido por primera vez por Felitti y sus colegas en 1998 para categorizar la adversidad en la infancia[2]. Se definen, en términos generales, como eventos potencialmente traumáticos que ocurren entre los 0 y los 17 años. Incluyen vivencias de violencia, abuso o negligencia, pero también aspectos del entorno que deterioran la sensación de seguridad, estabilidad y vínculo: crecer en hogares marcados por el consumo problemático de sustancias, problemas de salud mental, la separación de los padres o el encarcelamiento de algún familiar.
En México, el panorama no es distinto. En 2023, el Centro de Primera Infancia del Tecnológico de Monterrey y Fundación FEMSA realizaron la primera Encuesta Nacional sobre Experiencias Adversas y Benévolas en la Infancia, con una muestra representativa de 1,148 personas adultas de entre 18 y 65 años, provenientes de 26 estados, tanto de zonas urbanas como rurales[3]. Los resultados fueron contundentes: el 87.9% de las personas encuestadas reportó haber vivido al menos una experiencia adversa en la infancia, y el 22.6% había experimentado cuatro o más. Las categorías más frecuentes fueron la negligencia física (58%), la negligencia emocional (35.7%) y la ausencia de una figura parental (34.4%).
¿Qué tan determinantes son estas experiencias para el desempeño educativo? La investigación ha mostrado que a mayor número de experiencias adversas, mayores son las consecuencias negativas a lo largo de la vida: cada experiencia adicional incrementa el riesgo de dificultades físicas, emocionales y de conducta. Además, esta carga no se distribuye de manera equitativa. Las y los estudiantes de contextos socioeconómicos más bajos, así como quienes viven en países de ingresos bajos y medios, tienden a reportar más experiencias adversas, lo que profundiza las brechas educativas que ya existen. En América Latina, donde los sistemas educativos suelen operar con recursos limitados, esta desigualdad se traduce en mayor rezago académico, menor permanencia escolar y desvinculación del entorno educativo[4].
¿Por qué afecta tanto al aprendizaje? Porque las experiencias adversas dejan huella en el cerebro en desarrollo. Cuando una niña o un niño crece bajo estrés constante, el cuerpo libera altos niveles de hormonas como el cortisol. En dosis normales, estas hormonas nos ayudan a reaccionar ante el peligro; en exceso y de forma prolongada, alteran la manera en que se van formando algunas regiones del cerebro. El tipo de adversidad vivida influye en cuáles se ven más afectadas, pero en términos generales hay cuatro zonas cuyas alteraciones explican comportamientos que vemos todos los días en el aula[5].
La primera zona es el hipocampo. Guarda lo aprendido. Cuando se ve afectada, a la o el estudiante le cuesta retener lo que estudió y unirlo con sus aprendizajes previos. Puede dedicarle horas a una materia y aun así sentir que no “se le queda nada”. Esto puede confundirse con que esta persona no estudió o no le interesa la clase, lo cual suele generar frustración en ambas personas: estudiante y docente.
La segunda zona es la amígdala. Detecta amenazas y dispara las emociones. Al estar hiperactiva, cualquier corrección, comentario o mala calificación se siente como un ataque personal. La o el estudiante se bloquea, se enoja o se retira. Esto puede confundirse con una actitud conflictiva o con falta de interés, cuando en realidad es una reacción que no se elige ni se controla.
La tercera zona es la corteza prefrontal. Ayuda a organizar, planear y terminar lo que se empieza. Cuando no se desarrolla bien en una persona, le cuesta arrancar una tarea, mantener la atención o entregar a tiempo un trabajo. Esto puede confundirse con flojera, desorganización o falta de voluntad, cuando en realidad se trata de una dificultad para hacer algo que a otras personas les resulta más natural.
La cuarta zona es el cerebelo. Vuelve automáticas las habilidades que se repiten mucho, como las tablas de multiplicar, la lectura, las reglas de ortografía o escribir. Si no se automatizan, cada operación sigue siendo difícil, por mucho que se practique. Esto puede confundirse con falta de capacidad o con no haber estudiado lo suficiente, cuando en realidad sí se aprendió, pero cuesta mucho más ejecutarlo con fluidez.
Ninguno de estos comportamientos son resultado de la pereza o de falta de inteligencia. Dan cuenta de un cerebro que aprendió a sobrevivir antes que a aprender. Pero la historia no termina ahí. Los efectos pueden extenderse hasta la tercera edad.
Una revisión que analizó a personas mayores de 60 años mostró que los efectos de las experiencias adversas pueden extenderse hasta la adultez mayor, asociados con deterioro cognitivo, síntomas depresivos y enfermedades crónicas. Sin embargo, las personas que mantuvieron redes sociales sólidas, se involucraron en actividades comunitarias y lograron una mirada positiva sobre su infancia mostraron mejores resultados de los esperados. Esto sugiere que la resiliencia no es algo con lo que se nace: es un conjunto de habilidades que pueden cultivarse a lo largo de la vida[6].
Existen factores protectores que pueden amortiguar el impacto de las experiencias adversas. Algunos son personales, como la esperanza o la estabilidad emocional; otros provienen de las relaciones cercanas, como un padre, madre o figura cuidadora emocionalmente presente, con gestos cotidianos de afecto.
La escuela juega un papel central en esta protección. Cuando las y los estudiantes se sienten conectados a su escuela, cuando perciben que hay al menos un maestro o una maestra que se preocupa por ellas y ellos, que pertenecen a un grupo de pares y que el entorno es emocionalmente seguro, disminuye la probabilidad de depresión, ansiedad, pensamientos suicidas y consumo de sustancias, incluso cuando han vivido múltiples experiencias adversas. Ese vínculo con la escuela no es un extra del currículo: es una de las formas más poderosas de intervenir en la vida de quienes cargan con una historia difícil. Esto tiene una implicación importante para cualquier persona que interactúa con niñas, niños o adolescentes. Quien conoce de este tema reacciona diferente al saber que no es culpa de las infancias; además está en posibilidad de ofrecer un vínculo estable y puede ayudar mucho más de lo que imagina.
Incluso hay estudios que afirman que si una niña o un niño cuenta con una sola figura comprensiva y solidaria, que lo escuche, puede ejercer un papel protector y cambiar radicalmente su presente y futuro. No porque cambie sus circunstancias adversas, sino porque sus consecuencias se amortiguan. Y esa persona puede ser alguna de nosotras.
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Correo: angelica_cortez@tec.mx
LinkedIn: Angelica Janeth Cortez Soto
Referencias
Bethell, C., Jones, J., Gombojav, N., Linkenbach, J., & Sege, R. (2019). Positive childhood experiences and adult mental and relational health in a statewide sample: Associations across adverse childhood experiences levels. JAMA Pediatrics, 173(11), e193007. https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2019.3007
Centro de Primera Infancia del Tecnológico de Monterrey y Fundación FEMSA. (2023). Experiencias adversas en la infancia mexicana: Panorama y recomendaciones para promover el bienestar en la niñez. https://5061633.fs1.hubspotusercontent-na1.net/hubfs/5061633/Informe-Experiencias-adversas-en-la-infancia-mexicana.pdf
Felitti, V. J., Anda, R. F., Nordenberg, D., Williamson, D. F., Spitz, A. M., Edwards, V., Koss, M. P., & Marks, J. S. (1998). Relationship of childhood abuse and household dysfunction to many of the leading causes of death in adults: The Adverse Childhood Experiences (ACE) Study. American Journal of Preventive Medicine, 14(4), 245–258. https://doi.org/10.1016/S0749-3797(98)00017-8
Herzog, J. I., & Schmahl, C. (2018). Adverse childhood experiences and the consequences on neurobiological, psychosocial, and somatic conditions across the lifespan. Frontiers in Psychiatry, 9, Article 420. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2018.00420
Hughes, K., Bellis, M. A., Hardcastle, K. A., Sethi, D., Butchart, A., Mikton, C., Jones, L., & Dunne, M. P. (2017). The effect of multiple adverse childhood experiences on health: A systematic review and meta-analysis. Lancet Public Health, 2(8), e356–e366. https://doi.org/10.1016/S2468-2667(17)30118-4
Menard, M. J. (2026). Greater than gravity: How childhood trauma is pulling down humanity. Uact Press.
*Angélica Janeth Cortez Soto
Integrante de MUxED. Doctora en Innovación Educativa por el Tecnológico de Monterrey. Su investigación se centra en las experiencias adversas en la infancia, el bienestar en la educación y la pedagogía informada por trauma. Además de investigadora, ha sido docente en educación primaria, universitaria y de posgrado. Diseñó el recurso educativo abierto bilingüe Resiliencia después de las ACEs.